jueves, 2 de enero de 2014

La noche cuando la ciudad de León lloró


El cortejo fúnebre de las víctimas de la masacre de 1946.
El rectángulo formado por los edificios a los costados de la Plaza Principal de León sigue cuasi igual que en 1946. Es, tal vez, la parte del Centro Histórico que más ha conservado su fisonomía, a través de los años, en una ciudad en continuas transformaciones
Sin embargo, la Plaza tiene dos edificios relativamente modernos, al oriente ambos, juntos:Edificio Plaza y el Hotel Condesa, construidos entre 1970-80, los cuales desentonan con las antiguas casonas, mesones y portales adyacentes. Ahí confluyen las calles 5 de Mayo, Hidalgo y Madero. Y los portales se llaman Delicias, Bravo y Padilla. La Plaza Principal se tornó en peatonal en 1976. Y en la misma ceremonia cambió de nombre a Plaza de los Mártires, rememorando a los caídos 30 años antes.

El suceso a detalle: Apenas comenzado el aciago año de 1946, al anochecer del segundo día, el ejército mexicano ha abierto fuego de fusiles en contra de la gente reunida a las puertas del Palacio Municipal, quienes solicitaban que su sufragio fuese respetado.

De inmediato, el caos:La multitud, inerme, huye despavorida; pánico, confusión, tropezones. Trata la gente precipitada y desesperadamente de escudarse con las bancas de fierro, con los árboles, y en el kiosco; gritos de pánico, de indignación impotente; mujeres enloquecidas, ayes de dolor, estertores de agonía. Luego, momentos de silencio aterrador, interrumpido por el rastreo de hombres, mujeres y niños quejumbrosos, con gritos aislados y murmullos temerosos de los agazapados. Muchos corren atropelladamente con rumbo al Santuario de Guadalupe, distante a varias cuadras, mientras los soldados los persiguen y les disparan, inmisericordes. Un camillero de la Cruz Roja cae abatido en su labor de socorrista.

El amanecer después de una larga noche de dolor y muerte:
1En las frías, amplias salas del hospital, hay un desgarrador concierto de dolorosísimos ayes. Docenas de heridos esperan su turno de curación, en tanto otros resisten, sin otra anestesia que su valor, las apresuradas intervenciones quirúrgicas de albos médicos, auxiliados por madres de la caridad, cuyos ojos fatigados brillan compasivamente tras los espejuelos.
Hay varios lunares que forman las camas vacías. Son las que pertenecieron, por una eterna noche, a los que han pasado de las frías, amplias salas, al oscuro corralón de la muerte, donde desfila una muchedumbre sollozante. En otras camas, cubiertos con corrientes cobijas se adivinan los cadáveres aún calientes de los que engrosan la procesión de los desaparecidos.

1En los laboratorios, en los consultorios y en las salas de operaciones del Hospital Civil, cientos de personas de todas las clases sociales hacen el supremo donativo de su sangre para los heridos, muchos de los cuales no tienen esperanza de salvación.  Estas personas han acudido a dar centímetros cúbicos de sus vidas, con el anhelo de salvar a las ajenas. Ahí ha desaparecido, efectivamente, la lucha de clases. El más puro humanismo ilumina las lóbregas estancias donde la ciencia médica lucha por rehacer las ruinas que las balas le mandaron horas antes. Muchos heridos ya no se quejan. Han entrado en ese dulce período de la pre muerte y su organismo va cediendo biológicamente a los espantosos efectos de los destrozos internos.

Hasta hoy, 68 años después, ningún responsable ha sido juzgado, ninguna víctima ha obtenido compasión, ninguna disculpa de parte de la institución castrense que manifiesta salvaguardar a la Patria.

Por todo eso, el 2 de enero de 1946, no se olvida.
1 Ernesto Borrego, crónica (editada)3 enero 1946.

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