![]() |
| El cortejo fúnebre de las víctimas de la masacre de 1946. |
Sin embargo, la Plaza tiene dos edificios
relativamente modernos, al oriente ambos, juntos:Edificio Plaza y el Hotel Condesa,
construidos entre 1970-80, los
cuales desentonan con las antiguas casonas, mesones y portales adyacentes. Ahí
confluyen las calles 5 de Mayo, Hidalgo y Madero. Y los portales se llaman Delicias,
Bravo y Padilla. La Plaza Principal se tornó en peatonal en 1976. Y en la
misma ceremonia cambió de nombre a Plaza de los Mártires, rememorando a los
caídos 30 años antes.
El suceso a detalle: Apenas comenzado el aciago
año de 1946, al anochecer del segundo día, el ejército mexicano ha abierto
fuego de fusiles en contra de la gente reunida a las puertas del
Palacio Municipal, quienes solicitaban que su sufragio fuese respetado.
De inmediato, el caos:La multitud, inerme, huye despavorida; pánico, confusión,
tropezones. Trata la gente precipitada y desesperadamente de escudarse con las
bancas de fierro, con los árboles, y en el kiosco; gritos de pánico, de
indignación impotente; mujeres enloquecidas, ayes de dolor, estertores de
agonía. Luego, momentos de silencio aterrador, interrumpido por el rastreo de
hombres, mujeres y niños quejumbrosos, con gritos aislados y murmullos
temerosos de los agazapados. Muchos corren atropelladamente con rumbo al
Santuario de Guadalupe, distante a varias cuadras, mientras los soldados los persiguen y les disparan, inmisericordes. Un camillero de la Cruz Roja cae abatido en su labor de socorrista.
El amanecer después de una larga noche de dolor y muerte:
1En las frías, amplias salas del hospital, hay un desgarrador concierto de dolorosísimos ayes. Docenas de heridos esperan su turno de curación, en tanto otros resisten, sin otra anestesia que su valor, las apresuradas intervenciones quirúrgicas de albos médicos, auxiliados por madres de la caridad, cuyos ojos fatigados brillan compasivamente tras los espejuelos.
1En las frías, amplias salas del hospital, hay un desgarrador concierto de dolorosísimos ayes. Docenas de heridos esperan su turno de curación, en tanto otros resisten, sin otra anestesia que su valor, las apresuradas intervenciones quirúrgicas de albos médicos, auxiliados por madres de la caridad, cuyos ojos fatigados brillan compasivamente tras los espejuelos.
Hay varios lunares que forman las camas vacías. Son las que
pertenecieron, por una eterna noche, a los que han pasado de las frías, amplias
salas, al oscuro corralón de la muerte, donde desfila una muchedumbre
sollozante. En otras camas, cubiertos con corrientes cobijas se adivinan los
cadáveres aún calientes de los que engrosan la procesión de los desaparecidos.
1En los laboratorios, en los consultorios y en las salas de
operaciones del Hospital Civil, cientos de personas de todas las clases
sociales hacen el supremo donativo de su sangre para los heridos, muchos de los
cuales no tienen esperanza de salvación.
Estas personas han acudido a dar centímetros cúbicos de sus vidas, con
el anhelo de salvar a las ajenas. Ahí ha desaparecido, efectivamente, la lucha
de clases. El más puro humanismo ilumina las lóbregas estancias donde la
ciencia médica lucha por rehacer las ruinas que las balas le mandaron horas antes.
Muchos heridos ya no se quejan. Han entrado en ese dulce período de la pre
muerte y su organismo va cediendo biológicamente a los espantosos efectos de
los destrozos internos.
Hasta hoy, 68 años después, ningún responsable ha sido
juzgado, ninguna víctima ha obtenido compasión, ninguna disculpa de parte de la
institución castrense que manifiesta salvaguardar a la Patria.
1 Ernesto Borrego, crónica (editada)3 enero 1946.
Entradas relacionadas:
La masacre contra León, 22 años antes de Tlatelolco
Rememoran masacre de 1946 con gran mural

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Agradezco de antemano sus comentarios