domingo, 4 de enero de 2015

Bienaventurados los nostálgicos


Estoy muriendo, es decir, no literalmente, aunque todos los seres humanos morimos un poco cada segundo porque así es la vida; así como llegamos al mundo nos iremos tarde o temprano de él.

Creo que la temporada de fin de año me ha sensibilizado sobre el fin de las cosas; me ha impregnado de nostalgia como pocas veces.

De repente me encuentro recordando acontecimientos pasados, generalmente en mi niñez, y relaciono algunos sucesos importantes del mundo con ella, o cuando escucho alguna canción de esos tiempos recuerdo esa época con tantos detalles como si hubiese sido ayer; definitivamente me pegó la Navidad y fiestas de fin de año, a mí que soy fan de Scrooge.

En efecto, para los psicólogos, la temporada es propicia para el constante recuerdo del pasado, incluso para reafirmar aquello de que todo tiempo pasado fue mejor. Pasajes de la infancia en la calidez del hogar o momentos inolvidables en compañía de los seres más queridos salen a flote para ser comparados con el momento presente.

En Estados Unidos y el norte de Europa se le conoce como la depresión blanca. En el resto del mundo como la depresión navideña.

Por suerte los síntomas son temporales, generalmente desaparecen hasta la siguiente navidad.

Por mi parte, puedo decir que la nostalgia descrita al principio, ha sido transformada por un pensamiento que alguien en la dimensión desconocida me envió, el cual reza así:

Vive el momento y sobre tu espacio, haz que la vida se vaya despacio.

No te sujetes del pasado; siembra y construye lo que has deseado.

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