En Aztlán, con grandes
porciones de su territorio en situación medieval, el día de ayer hubo
dramáticas batallas por el poder, en los cuatro puntos cardinales.
Un día después de la
cruenta jornada comicial, las huestes políticas hacen corte de caja, con ábaco
por supuesto, por aquello de la tardanza de resultados finales: casi todos
ganaron y perdieron algo.
El "héroe" absoluto ha sido
Jaime Rodríguez, a.k.a. El Bronco, apartidista Llanero Solitario, curtido hombre del campo y
montañas que roza las 6 décadas, pero con talante de treintañero. Él, con el
simple poder de su palabra, convenció al pueblo y ha vencido, en fragorosa
batalla, a las poderosas dinastías del norteño Reino de Nuevo León.
Mientras que en el central
Querétaro, con la Piedra de Bernal como testigo, a lo lejos, han quedado
despojos del soberbio primate controlador (PRI), destruido por Francisco
Domínguez, integrante de las huestes albiazules.
En cambio, en la agreste
zona del sureste, comprendida por los enclaves de Michoacán y Guerrero, las dinastías se han
mantenido incólumes, pues sus adversarios han mordido el polvo, exánimes.
Juego de Tronos es el
nombre en el cual nadie está seguro de amanecer con vida, en la disputa por el
poder en Aztlán, enigmático territorio de dos millones de kilómetros cuadrados, con
enormes cordilleras y vergeles, y rodeado de profundos mares azules.
Debo terminar para huír, no sin
antes decir que he visto a un enorme dragón engullir frutos de caza y pesca
con un valor de US$ 1,500 millones. Tenía una marca en su gigantesco cuerpo,
con tres letras: INE.

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