La pretensión del presidente López Obrador es clara, pues lo expresó hace unos momentos en su comparecencia a modo en los albores del día: desea que desde el oficialismo se organicen los procesos electorales, como era habitual en el siglo pasado, con todas las trampas que había y millones de ciudadanos aún recordamos.
"Quitemos a la oligarquía al Instituto Nacional Electoral (INE)", ha espetado, por lo cual resulta obvio que recibe asesoría del grupo de Sao Paulo, que es especialista en esa retórica ideológica.
A AMLO no parece importar que quedaría como destructor del estándar de la democracia a ojos de los organismos internacionales.
Sin embargo, pese a esta actitud radical del presidente, habría que señalar que el balón está en juego en la cancha y él sólo es otro espectador más.
Tal como sucedió con su frustrada reforma eléctrica, en este nuevo cotejo AMLO depende de la solidez del bloque opositor.
A una de sus líneas, Alejandro Moreno "Alito", diputado y dirigente del otrora hegemónico PRI, AMLO y el oficialismo lograron doblar con amenazas restrictivas de su libertad, en reciente enmienda de las fuerzas armadas.
Sin embargo, quizá ya no sea posible que con su estrategia intimidatoria Alito se vuelva a poner de su parte.
Ha comenzado el nuevo juego del hambre de ego y poder y el balón está en la cancha contraria de los afanes presidenciales, para su enojo y molestia.

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