Llego al aeropuerto de la capital, luego de un vuelo de sólo 35 minutos, tan rápido que, al buscar la salida para dirigirme a mi destino en la gran Tenochtitlán, monstruosa y gris, sin repararlo siquiera, he subido a mi “taxi”, que es una camioneta sin placas y no convencional. He tomado conciencia de ello casi al llegar a mi cita de trabajo. Por suerte no he padecido una desagradable experiencia, quizá por la hora que es, las 7 a.m., recién empezado el día. Por lo visto, la delincuencia también tiene sus horarios pico.
Sé que me encuentro en un territorio poco ortodoxo, en donde los postulados universalmente aceptados han sido modificados por los usos y costumbres. Aquí Pitágoras, a menudo, no tiene cabida. Dos más dos no son cuatro. Sino pregunten a los militantes del Consejo Nacional del Partido de la Revolución Democrática, izquierdista por lo menos en el papel, gobernante del segundo puesto político de México, el D.F., quienes han necesitado dos días para contar 300 votos, el sábado 19 y domingo 20 de marzo. Entre que no salían las sumas y restas, la dirigencia quedó como se esperaba.
El ala proclive al diálogo se queda con la presidencia del partido, Jesús Zambrano de jefe, mientras el ala contestataria y, a veces, intransigente contra el gobierno federal y contra todo, se conforma con la secretaría general, con Dolores Padierna. Ambas corrientes, en permanente conflicto intestino. Por eso, así como en el Distrito Federal todos los mexicanos tenemos un lugar, en el PRD también caben todos.
Hasta este momento. Mañana quién sabe.
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