sábado, 13 de octubre de 2012

¡UNO!


Un hombre de fachada triste –como dice la canción-, solía acudir todos los días a la iglesia del pueblo. Se arrodillaba a rezar fervorosamente, en la primera fila, justo frente al imponente Cristo martirizado en la cruz, al cual los fieles lugareños tocaban con sus manos y se persignaban.

Una vez concluido el rezo, el otoñal individuo, todavía hincado, hacía un ademán levantando la mano derecha y señalando hacia arriba con su dedo índice, al tiempo que imploraba en voz alta: ¡Uno!, ¡uno!; se santiguaba y luego se retiraba, dejando a los asistentes intrigados ante ese ritual.

Un día los parroquianos no pudieron aguantar más su curiosidad y cuando lo ven entrar a la iglesia lo interrogan:

-Disculpará Usted nuestra curiosidad, pero nos hemos preguntado ¿Porqué le pide a Dios Nuestro Señor ‘uno’ siempre que viene al templo?

-Muy sencillo, paisanos, cada que entro aquí y ustedes saben que es a diario, le pido a Dios Nuestro Señor que, en mi jornada de todos los días, me encuentre en mis actividades aunque sea sólo a ‘uno’ más tonto que yo, que ya yo sabré aprovechar esa circunstancia en mi favor.

(Con dedicatoria al funcionario público que implora a ‘uno’ entre sus auditores; al político que implora a ‘uno’ en sus colegas; al médico que implora a ‘uno’ en sus pacientes; al maestro que implora a ‘uno’ en los inspectores; al policía que implora a ‘uno’ en los ciudadanos; a Televisa que busca a ‘uno’ entre los “jodidos”; al delincuente que implora a ‘uno’ entre los jueces; y así sucesivamente por los siglos de los siglos, amén).

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