Un hombre de fachada triste –como dice la canción-, solía acudir todos los días a la iglesia del pueblo. Se arrodillaba a rezar
fervorosamente, en la primera fila, justo frente al imponente Cristo martirizado
en la cruz, al cual los fieles lugareños tocaban con sus manos y se persignaban.
Una vez concluido el rezo, el otoñal individuo, todavía
hincado, hacía un ademán levantando la mano derecha y señalando hacia
arriba con su dedo índice, al tiempo que imploraba en voz alta: ¡Uno!, ¡uno!; se santiguaba y luego se retiraba, dejando a los asistentes intrigados ante ese
ritual.
Un día los parroquianos no pudieron aguantar más su
curiosidad y cuando lo ven entrar a la iglesia lo interrogan:
-Disculpará Usted nuestra curiosidad, pero nos hemos preguntado ¿Porqué le pide
a Dios Nuestro Señor ‘uno’ siempre que viene al templo?
-Muy sencillo, paisanos, cada que entro aquí y ustedes saben
que es a diario, le pido a Dios Nuestro Señor que, en mi jornada de todos los
días, me encuentre en mis actividades aunque sea sólo a ‘uno’ más tonto que yo, que ya yo sabré
aprovechar esa circunstancia en mi favor.
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