Con la
nominación del economista Meade como su candidato, en los hechos el PRI está
entregando el poder, sin pelear, por primera vez en la historia.
Sin embargo,
los amantes de las teorías de la conspiración aducirán que es un dictado de los
organismos financieros globales, en virtud de su perfil.
Y no pocos
pensarán que el gobierno tendría tantos esqueletos en el clóset, que no ha
tenido más remedio que nominarlo.
Pese a que José Antonio ha cumplido los protocolos al acudir a pedir la venia de los anquilosados
sectores militantes del partido, de obtener el triunfo se puede esperar
cualquier cosa, incluyendo que su gabinete sea apartidista.
Algo cuesta
arriba, como el mítico Caballo de Troya.
Por el lado
de la oposición, el Frente Ciudadano, conformado por los partidos políticos Acción
Nacional, De la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano está en momentos
clave, que significarían su consolidación o su desaparición.
La elección
de su candidato presidencial es la semilla discordante, pese a que desde el
principio se dudaba de que los dos primeros partidos, virtualmente como el agua
y el aceite, lograran unirse no solo para elecciones estatales.
Acción
Nacional y Movimiento Ciudadano apoyan a Ricardo Anaya, en tanto que el PRD
respalda a Miguel Ángel Mancera, actual jefe de gobierno de la ciudad de
México.
En esta esquina, la moneda sigue en el aire.
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