En 1982 el presidente electo
Miguel de la Madrid, cuya promesa principal fue la renovación moral de la
sociedad, ya visualizaba a millones de compatriotas enfermos, adictos a la
corrupción, no precisamente él mismo. Su gobierno se recuerda trágicamente,
por el terremoto de 1985 y nulo crecimiento económico, pero de renovación
moral, nada.
En el México de hoy, el
presidente Enrique Peña Nieto, inmerso en escándalo por conflicto de interés,
que él no reconoce pero que todo el mundo observa, es la persona menos indicada
para llamar a la renovación moral, por lo cual el Consejo Coordinador
Empresarial, organismo cúpula que agrupa al sector privado, ha emitido un llamado
desesperado a rubricar un código de integridad y ética empresarial, con la
esperanza de que sea imitado por el gobierno, mientras en el Congreso de la
Unión se debate en estos momentos una nueva Ley Anticorrupción que pocos conocen su alcance.
En tiempos de corrupción,
es cuando más leyes se dan, dijo el filósofo francés en el siglo XVI, Étienne
Bonnoc de Condillac.
Regresando al siglo XXI: se podrían llenar
bibliotecas enteras de historias de corrupción mexicana, como por ejemplo el
sui géneris fraude con el oficial juego de azar llamado Melate, perpetrado en
enero de 2012 en una concertación múltiple de funcionarios, con la modelo
presentadora de televisión, el jefe de piso, el camarógrafo del sorteo y
familiares de todos ellos, quienes se repartieron un premio de 160 millones de
pesos (US$ 14 millones).
Cuasi diríase que la
corrupción está en la mente nacional con la misma naturalidad que respirar; por
ejemplo al cargar combustible para el auto está documentada una pérdida de 2279
pesos (US$ 200) al año para cada usuario, de acuerdo al diario El Norte, a
causa de las despachadoras arregladas para dar menos litros de los que marcan.
Como estos dos ejemplos
hay miles más, aunque siempre se podrá culpar a la conquista española de hace
500 años.
Corrupto eres y en corrupto te convertirás.

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