El día de
ayer, mientras caminaba por el bullicioso centro de esta ciudad, no pude evitar
escuchar la plática de dos señores, adultos muy mayores:
-Quinientos
pesos más nos dará “Obrador” (presidente Andrés Manuel López, AMLO)-dijo uno de ellos, mientras daba una palmada en el hombro al otro, gustoso.
-No, pues un
chingo (mucho)-respondió el otro. Risas.
El nuevo
gobierno ha prometido incrementar la pensión universal para los viejitos, no
importando si la necesiten o no, ricos y pobres supuestamente la recibirían igual, para resultar en el equivalente a US$57 mensuales
pero, al mismo tiempo, prepara una reforma legal para subir la edad mínima para
recibirla, de 65 a 68 años.
Así mismo, simultáneamente,
el nuevo gobierno ha reducido el presupuesto en muchos rubros sociales, siendo
prácticamente generalizados los recortes, aún en campos muy sensibles, como las
estancias infantiles, que atienden, entre otros, a niños con capacidades
especiales y podrían cerrar sus puertas.
Debido a
ello, cuando están por cumplirse 100 días desde que asumió el poder formal-aunque
a partir de su triunfo en la elección, todo el período de transición fue enteramente suyo y ya tomaba decisiones de gobierno- está siendo difícil dilucidar si AMLO será un populista,
como se lo había catalogado desde que comenzó su periplo político-recordemos que fue jefe de gobierno de la ciudad de México de
2000 a 2006- o, en cambio, será responsable, o autoritario, que es lo más
probable.
O todo
junto, en un amorfo revoltijo de estilos de gobernar.
Las acciones
que AMLO ha realizado, hasta ahora, han sido vistas con lupa y la
implementación de sus estrategias se basa, en gran medida, en la relación
ensayo-error, como en el caso del nuevo aeropuerto, que fue truncado con grandes costos económicos.
En México, país con casi la mitad de la población en situación de pobreza, el péndulo político,
social, económico y general está tocando los extremos en unos meses.
Los
contrastes son dramáticos: el anterior presidente Enrique Peña, 50, era
ineficiente, corrupto y farsante, juzgó el pueblo en la pasada elección.
Peña se casó al inicio de su gestión, para guardar las formas y planeó su divorcio al final de la misma, por lo
cual el pueblo se sintió burlado, hasta en ese pequeño detalle. Se fue
con 12% de aprobación.
Todo lo
contrario es, ahora, el actual presidente. Cuenta con 65% de popularidad y está
en plena luna de miel con el pueblo.
AMLO dice
generalmente lo que la gente quiere escuchar, en sus diarias, inéditas
conferencias mañaneras, en las cuales no deja títere con cabeza de entre los
funcionarios e instituciones establecidas en los gobiernos pasados.
Sus
acusaciones de tropelías y corrupción, a diestra y siniestra, no tienen que ser
probadas. Y da lo mismo, aunque no haya forma de que sean juzgadas, el efecto
en la gente es palpable.
Por ejemplo,
sus seguidores mantienen un cerco permanente al edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación- con la cual AMLO tuvo un fuerte, unilateral encontronazo en los primeros días- para
insultar a los ministros.
En
contraste, los anteriores presidentes, a partir de la llamada
transición del 2000, Vicente Fox, Felipe Calderón y el ya mencionado Enrique Peña no gustaban de acusar,
confrontar y polarizar como le apasiona a AMLO, 65, sino que hablaban poco, lo suficiente en los medios de comunicación o más bien, como en el caso de Peña, mejor hacían
mutis.
Peña o no
tenía nada que decir, o temía errar y quedar en ridículo, como muchas veces lo
hizo.
Calladito se
ve más bonito, reza el conocido dicho, que Peña siguió al pie de la letra,
aunque el país sintiese vacío de poder.
Bien dicen
que el silencio, a veces, también expresa algo. O “En la duda, ten la lengua
muda”, como reza un refrán español.
Los primeros cien días de AMLO han sido como querer pastorear gatos, con una gran dosis de rencor.
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