martes, 26 de febrero de 2019

País: primeros cien días

El día de ayer, mientras caminaba por el bullicioso centro de esta ciudad, no pude evitar escuchar la plática de dos señores, adultos muy mayores:

-Quinientos pesos más nos dará “Obrador” (presidente Andrés Manuel López,  AMLO)-dijo uno de ellos, mientras daba una palmada en el hombro al otro, gustoso.
-No, pues un chingo (mucho)-respondió el otro. Risas.

El nuevo gobierno ha prometido incrementar la pensión universal para los viejitos, no importando si la necesiten o no, ricos y pobres supuestamente la recibirían igual, para resultar en el equivalente a US$57 mensuales pero, al mismo tiempo, prepara una reforma legal para subir la edad mínima para recibirla, de 65 a 68 años.

Así mismo, simultáneamente, el nuevo gobierno ha reducido el presupuesto en muchos rubros sociales, siendo prácticamente generalizados los recortes, aún en campos muy sensibles, como las estancias infantiles, que atienden, entre otros, a niños con capacidades especiales y podrían cerrar sus puertas.

Debido a ello, cuando están por cumplirse 100 días desde que asumió el poder formal-aunque a partir de su triunfo en la elección, todo el período de transición fue enteramente suyo y ya tomaba decisiones de gobierno- está siendo difícil dilucidar si AMLO será un populista, como se lo había catalogado desde que comenzó su periplo político-recordemos que  fue jefe de gobierno de la ciudad de México de 2000 a 2006- o, en cambio, será responsable, o autoritario, que es lo más probable.

O todo junto, en un amorfo revoltijo de estilos de gobernar.

Las acciones que AMLO ha realizado, hasta ahora, han sido vistas con lupa y la implementación de sus estrategias se basa, en gran medida, en la relación ensayo-error, como en el caso del nuevo aeropuerto, que fue truncado con grandes costos económicos.  

En México, país con casi la mitad de la población en situación de pobreza, el péndulo político, social, económico y general está tocando los extremos en unos meses.

Los contrastes son dramáticos: el anterior presidente Enrique Peña, 50, era ineficiente, corrupto y farsante, juzgó el pueblo en la pasada elección. 

Peña se casó al inicio de su gestión, para guardar las formas y planeó su divorcio al final de la misma, por lo cual el pueblo se sintió burlado, hasta en ese pequeño detalle. Se fue con 12% de aprobación.

Todo lo contrario es, ahora, el actual presidente. Cuenta con 65% de popularidad y está en plena luna de miel con el pueblo.

AMLO dice generalmente lo que la gente quiere escuchar, en sus diarias, inéditas conferencias mañaneras, en las cuales no deja títere con cabeza de entre los funcionarios e instituciones establecidas en los gobiernos pasados.

Sus acusaciones de tropelías y corrupción, a diestra y siniestra, no tienen que ser probadas. Y da lo mismo, aunque no haya forma de que sean juzgadas, el efecto en la gente es palpable.

Por ejemplo, sus seguidores mantienen un cerco permanente al edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación- con la cual AMLO tuvo un fuerte, unilateral encontronazo en los primeros días- para insultar a los ministros.

En contraste, los anteriores presidentes, a partir de la llamada transición del 2000, Vicente Fox, Felipe Calderón y  el ya mencionado Enrique Peña no gustaban de acusar, confrontar y polarizar como le apasiona a AMLO, 65, sino que hablaban poco, lo suficiente en los medios de comunicación o más bien, como en el caso de Peña, mejor hacían mutis.

Peña o no tenía nada que decir, o temía errar y quedar en ridículo, como muchas veces lo hizo.

Calladito se ve más bonito, reza el conocido dicho, que Peña siguió al pie de la letra, aunque el país sintiese vacío de poder.

Bien dicen que el silencio, a veces, también expresa algo. O “En la duda, ten la lengua muda”, como reza un refrán español.

Los primeros cien días de AMLO han sido como querer pastorear gatos, con una gran dosis de rencor.

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